jueves, julio 05, 2007

[Boceto...]

Lunes por la mañana. Me encontraba dirigiéndome al trabajo, como cada mañana. Lo hacía mecánica, sistemáticamente, porque así era mi rutina; y era un fiel reflejo de mi vida: monótona, acelerada, insípida... carente de sentido alguno.

Fue así, caminando, cuando sentí que algo me rozaba la espalda. Inmediatamente después, oí un golpe seco detrás mio, y un escalofrío ascendió por mi columna, llegando a la nuca. Al voltearme, vi un bloque de concreto en el suelo, que, evidentemente, se había desmoronado. Un sudor frío comenzó a aflorar en mi piel, mientras ésta perdía color, se empalidecía. Comencé a sentir que me faltaba el oxígeno; la vista se me nublaba.

Caí rendido al piso, absorto, sin saber qué hacer, qué pensar. Sin embargo, mis más profundos temores se hacían presentes. Cobraban vida, crecían en tamaño: me consumían...

Ahí estaba, sentado en el piso. Con los ojos vidriosos, al borde del llanto, estaba desesperado. Parecía rendido, que la vida se me escapaba; pero sin embargo, ocurría lo contrario: se me hacía presente.
La Razón comenzó a operar en mí. Comprendí el sinsentido de mi vida, que ya no pensaba, que ya no sentía. Me había convertido en un producto de la sociedad: sólo reaccionaba. Era un autómata, incapaz de sostener una vida propia. Y así como yo había muchos, muchos más...
La sociedad los producía, los modelaba. imponía las normas a seguir, premiaba las reacciones acertadas, castigaba el pensamiento propio, independiente.

Sin embargo, entendí que la vida estaba más allá de esto, por sobre todas las cosas. Pude ver que para vivir realmente, no alcanzaba sólo con existir. Debía darle un sentido a mi vida, gozarla. Tenía que enfrentar la realidad y vencerla.

Se dio en mí una extraña y contradictoria conjunción de sentimientos: por un lado, pánico, al pensar lo que podría haber pasado, si mi vida hubiese acabado minutos antes, sin comprender todo esto. Y, por otra parte, sentía optimismo, tenía fé de que todo esto serviría para mejorar, progresar; para alcanzar la verdadera felicidad.

Este último pensamiento ganó la pulseada. Lentamente fui recuperando la compostura. El mareo se había disipado. Me puse de pié. Decidí no ir al trabajo, decidí volver a mi casa. Tenía mucho para pensar, reflexionar.
Volví sobre mis pasos, y nuevamente vi el bloque. Nadie había avisado nada, nadie me había advertido del peligro... ¿Acaso nadie lo había visto desprenderse? Imposible... Había decenas de personas, de las cuales varias lo habrían notado. pero entonces... ¿Qué había ocurrido con la solidaridad? Había desaparecido, como tantos otros valores.
Me indigné.
Reconfirmé que debía recuperar la humanidad en mí, como así también en las demás personas. Primero había que abrir los ojos, despertar la conciencia. Luego levantar los verdaderos valores, derribar los falsos. Acabar con el culto a la moneda: la felicidad es ajena a ésta. Tenía que recuperar el tiempo perdido, todavía era posible!

Fue así, sumido en mis pensamientos, que emprendí definitivamente el regreso a mi casa. Al llegar a la esquina, escuché que alguien me llamaba. Me frené en seco, alcé la vista. Allí estaba, al otro lado de la calle. No era la primera vez que nos encontrábamos.
Titubeé un segundo. Sin embargo, algo me llevó a acercarme. Ella Hizo lo mismo.
Al acortar distancias, pude ver nítidamente su rostro, ajado por el paso del tiempo, pero carente de expresión. Esta vez no me horroricé.
Su figura, vieja y contraída, ya no asemejaba a un enemigo, sino todo lo contrario. No emanaba más terror, sino paz, tranquilidad, comprensión. Seguí aproximándome.
Contrariamente a los encuentros anteriores, algo me motivaba a seguir avanzando, me llevaba al encuentro. Continué. Al hacerlo, noté en ella una belleza única, ajena al tiempo. Simple y compleja a la vez. Absoluta.
Nos detuvimos frente a frente. Ella sonrió, yo le devolví el gesto. Aproximó su rostro al mío. Me besó...

- Doctor, ¿Qué hacemos?
- No tiene pulso... no hay nada que podamos hacer... - respondió entre suspiros.
- ¿Y con el conductor del auto?
- De eso se encarga la Policía. Vamos, carguemos el cuerpo.


Así fue como, luego de 55 años, mi vida acababa. Solo al final comprendí, en parte, de qué se trataba.
Aprendí mi lección, sólo al final, y sólo en parte. Justamente por esto, fue el final...






NahueL
25/06/07

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